Tripas y cerebros

por | May 25, 2020 | Investigación

Tripas y cerebros

No, no hablaremos de ese curioso lado de la gastronomía. La casquería puede esperar. Pero vamos a hablar del poder del sistema digestivo sobre el sistema nervioso y cómo se conectan. Aunque durante mucho tiempo se ha pensado que la actividad digestiva poco tenía que ver con el funcionamiento del sistema nervioso más allá de suministrar glucosa, hoy día esta idea se va quedando atrás.

En la digestión de los alimentos hay un componente mecánico como el masticar, un componente químico propio como es el ácido estomacal y un componente microbiológico que estaba siendo infravalorado. En nuestros intestinos hay una población enorme de seres microscópicos que conforman la flora intestinal. Son inquilinos que llevamos en nuestro interior, pero no son polizones. Viajan con nosotros y, a cambio, nos ayudan a digerir compuestos que no podríamos aprovechar sin su actividad bioquímica.

Recientemente se ha visto que nuestra simbiosis con estos microorganismos va un poco más allá. De hecho, se está viendo que podrían jugar su papel en algo tan aparentemente poco relacionado como es que se desarrolle la ELA.

El gen que más habitualmente se encuentra mutado en casos de ELA familiar es C9orf72. Hay también casos de ELA esporádica que tienen este gen mutado, lo que denota su importancia. La mutación que se asocia a la ELA en este gen consiste en que una de sus zonas se repite varias veces una misma secuencia. No se sabe a ciencia cierta el mecanismo por el que produce la ELA, pero si se sabe que la función de este gen es menor en la versión mutante que en la no mutante.

Pero solo con tener la mutación en el gen C9orf72 no significa que siempre se desarrolle ELA. Hay gente con este gen mutado que no parece sufrir ninguna consecuencia, y otros desarrollan Parkinson u otras patologías del sistema nervioso. Por lo tanto, debe haber factores que hagan que, cuando se tiene esta mutación, la balanza se incline hacia uno u otro lado.

Un grupo de investigadores de Harvard ha publicado sus estudios en estos factores externos recientemente. Este grupo de investigadores trabaja con ratones que tienen la misma mutación que provoca la ELA en humanos. Ratones con el mismo origen y, por lo tanto, la misma mutación, se criaron en diferentes centros. Y los de un centro presentaban una mortalidad más temprana que los del otro centro aun teniendo cuidados equiparables. Alguna diferencia ambiental estaba modificando el efecto de la mutación en C9orf72.

Un primer fenómeno biológico que se asociaba al grupo de ratones con menor esperanza de vida fue los niveles de señales inflamatorias. En estos ratones pudieron ver que muchos de los factores que controlan la inflamación se encontraban en niveles más altos que en los ratones con mayor esperanza de vida. Y no olvidemos que su genética era la misma.

Los dos centros mantenían condiciones de cría similares, pero uno de ellos mostraba en los informes microbianos rutinarios niveles más elevados de algunos microorganismos. No eran niveles que se consideren perjudiciales para la salud de los ratones, pero uno de ellos, Helicobacter, se había asociado en algunos estudios al proceso inflamatorio.

Mediante varios experimentos como el tratamiento con antibióticos y el trasplante de microbiota, vieron modificada la esperanza de vida. También veían cambios en los niveles de inflamación en esos ratones donde cambiaban su flora intestinal.

Estos resultados apuntan a que la microbiota podría ser uno de los factores ambientales que modifican la posibilidad de desarrollar ELA. Al ser capaz de generar cambios en los niveles de neuroinflamación, la flora intestinal puede favorecer o bloquear el efecto de otros factores que intervienen en el desarrollo de la ELA. En este campo aún quedaría mucho por estudiar. Por ejemplo, el saber que microorganismos son más importantes controlando la respuesta inflamatoria o cual es el equilibrio en sus poblaciones que tenga mayor efecto.

Profundizando en este campo se abriría una nueva área sobre el que desarrollar terapias. Si cambios en la flora intestinal ayudan a bajar el nivel de neuroinflamación, sería esperable que la progresión de la ELA fuera más lenta.

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