ELA vs COVID-19

por | Mar 27, 2020 | Investigación | 0 Comentarios

Por qué encontrar terapias es tan distinto

Desde que en diciembre de 2019 comenzó en China la expansión del coronavirus SARS-CoV-2, más conocido como COVID-19, se ha progresado enormemente en su conocimiento. Además, se empieza a hablar de que en el plazo de poco más de un año habrá una vacuna eficaz. Sin olvidar que se han iniciado diversos ensayos clínicos para poner freno a los síntomas que genera.

Esta realidad, en la que un problema de salud encuentra una gran cantidad de respuestas y soluciones en un tiempo breve choca frontalmente con la realidad de una enfermedad como la ELA. Mucha gente se preguntará cuales son las razones de esta gran diferencia. Trataremos de analizar objetivamente ambas situaciones para poder entender bien la situación. Vamos a centrarnos en los aspectos científicos, sin fijarnos en temas económicos, sociales o políticos.

La primera cuestión que hay que tener clara es la enorme diferencia entre una situación con una causa muy bien definida (el coronavirus) y una situación donde hay una gran cantidad de agentes implicados. El COVID-19 tiene tan solo 15 genes en total. Las proteínas víricas, además, solo interaccionan con 332 proteínas humanas. Con eso es capaz de generar todo lo necesario para su estructura y hacer que las células infectadas lo reproduzcan. En la ELA hay más de 30 genes identificados que tienen relación con la enfermedad. Solo esto ya debería dar una idea de la diferencia en complejidad entre ambos casos. Solo la proteína TDP-43, muy asociada a la ELA, interacciona con 459 proteínas más según la base de datos Biogrid.

Es cierto que este virus es la primera vez que infecta humanos y, por lo tanto, no se había comenzado su estudio hasta hace unos meses. ¿Cómo es que se tiene tanta información de él? Comparativamente, podría decirse que de la ELA se sabe poquísimo. Bueno, esto es porque el COVID-19 pertenece a una familia de virus, los coronavirus, que llevan estudiándose ya muchísimos años. Y sus mecanismos de infección son comunes. Podría decirse que, una vez visto cómo actúa uno, sabes cómo actúan todos. En la ELA intervienen mecanismos de estrés oxidativo, agregados proteicos, deslocalización de proteínas dentro de las células, problemas metabólicos, agentes medioambientales… Múltiples factores actuando cada uno a través de un mecanismo celular diferente.

Comparativamente, encontrar un tratamiento contra el COVID-19 es algo hasta simple. Es como si comparáramos una división de tres cifras con la teoría matemática del caos. Quien haya leído «Parque Jurásico», o visto la película, esto le será muy familiar. En el caso del COVID-19, encontrar un tratamiento depende de que se encuentre el químico que bloquee el proceso infeccioso. Y, por lo que se sabe de como funcionan otros coronavirus, ya tienen identificadas las dianas a atacar. Queda que encuentren el dardo adecuado para acertarlas. O bien se podría desarrollar la vacuna.

Para esto, la estrategia habitual es la de modificar el propio virus para hacerle perder su capacidad infecciosa. Pero no por ello, el sistema inmune lo deja de identificar como algo extraño que hay que atacar. Una vez el sistema inmune tiene una alerta contra la versión no infecciosa, también identificará a la infecciosa y no dejará que se desarrolle la enfermedad.

Obviamente, esto es algo que lleva tiempo y esfuerzo. Pero al fin y al cabo solo tienen 15 factores sobre los que actuar para modificarlos y conseguir la versión no infecciosa del virus. Tendrán que hacer muchas pruebas para dar con la combinación que asegure que se genera una versión inerte, y tendrán que pasar muy buenos controles para asegurarse de que es un producto seguro para el ser humano. Pero se tiene el conocimiento y la capacidad técnica para hacerlo. Solo hace falta algo de tiempo.

Tal vez alguien esté pensando que la gripe es muy similar y no se ha conseguido la vacuna definitiva. Pero esto tiene una explicación sencilla. El virus de la gripe común tiene una altísima capacidad de mutación. Esto hace que, cuando se preparan las versiones inactivadas para la vacuna anual, el virus silvestre está cambiando al mismo tiempo. Y eso hace tan difícil que se pueda lograr una vacuna definitiva.

Las vacunas son algo así como carteles de recompensa que se presentan al sistema inmune para que detenga a los elementos patógenos. Una vez tienes un buen cartel de recompensa, el identificar al “malo” y detenerlo es sencillo. Pero la gripe se va disfrazando cada año de una manera diferente y, por eso, cuesta tanto hacer la vacuna definitiva.

Cuando hablamos de la ELA, la opción de hacer vacunas queda descartada. El enemigo no viene de fuera. No es un agente externo que infecta nuestras células. En la ELA, el problema se produce por una combinación de factores que generan un mal funcionamiento de las motoneuronas. Como consecuencia de ese mal funcionamiento, el propio sistema las elimina.

No solo hay una combinación de factores, sino que esos factores no son exactamente los mismos en los diferentes pacientes. Incluso cuando hablamos de los casos de la ELA familiar, donde el detonante de la ELA es una causa genética, la solución no es sencilla.

En el caso de las enfermedades genéticas, se lleva durante mucho tiempo hablando de las terapias génicas. Pero durante todo este tiempo, también se ha resistido el desarrollo de la técnica que permitiera modificar el ADN de una manera eficaz y segura y que, además, pueda llegar a todas las células donde se necesitaría. Recientemente se ha comenzado a desarrollar un tipo de terapia génica que no consiste en modificar la información del ADN, sino en conseguir que las secuencias que generan patologías sean silenciadas total o parcialmente. En el caso de la ELA, una de las terapias así desarrolladas está ya en ensayos clínicos de fase 3 y según los investigadores, los resultados que ha dado hasta el momento son muy prometedores.

Pero la ELA esporádica, la que no tiene una causa genética inicial, no puede abordarse de la misma manera. Según varios estudios, la ELA se produce tras un sumatorio de varios factores. Y los modelos matemáticos apuntan a que sería como subir 6 escalones. Esos factores no son los mismos en todos los pacientes.

En unos casos tiene más peso una exposición a un componente ambiental como ocurría en la isla de Guam. En otros casos el peso se acumula más en problemas de estrés oxidativo. O errores en el sistema de reciclaje de proteínas como es el proteosoma. El papel del sistema inmune generando inflamación en el sistema nervioso. Desregulaciones metabólicas… Cada factor va sumando un escalón en esa peligrosa escalera, pero en cada uno de los pacientes de ELA, la combinación de ellos es particular. Esto nos muestra un panorama muy complejo que se acerca mucho a lo que sería la medicina personalizada.

Como se puede ver, aunque nos cueste no hacer comparaciones, la situación entre la búsqueda de soluciones para el COVID-19 y la búsqueda de soluciones para la ELA no es equiparable. Son ligas distintas en muchos aspectos. Y seguramente veamos cumplido el objetivo de que haya una cura para el COVID-19 sin que podamos poner fecha a una cura para la ELA.

Pero, aun así, toda la información que ahora se tiene de la ELA, sus causas, como progresa, que abordajes terapéuticos han fallado y porqué, ofrece una visión muy diferente a la que había hace 5 o 6 años. El progreso que se ha hecho en el conocimiento de esta enfermedad en este tiempo nos permite apreciar su complejidad. Y nos permite detectar cada vez más rápido dianas terapéuticas que pueden irse atacando en diversos subgrupos de pacientes.

Ahora tenemos una base infinitamente más sólida sobre la que diseñar abordajes cercanos a la medicina personalizada. Y también se tiene una idea cada vez más clara de que factores son comunes a grupos amplios de enfermos de ELA. Qué mecanismos son los que parecen ser más importantes y cuándo suceden. Todo esto hace que el desarrollo de terapias eficaces para la ELA sea algo cada vez más cercano.

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