10, March

Francisco Luzón


Acabo de leer El Mundo, donde hay un artículo en el que se aborda la eutanasia a través de dos enfermo de ELA: uno que quiere vivir y otro que quiere morir.

La llegada de la ELA a mi vida me ha hecho reflexionar sobre muchos aspectos de ésta. Y me ha hecho reflexionar también sobre la muerte, que al fin y al cabo también forma parte de la vida. ¿Por qué nace el ser humano? ¿Por qué tuvimos la inmensa suerte de venir a la vida? ¿Qué hacíamos todos nosotros cuando éramos tan sólo unos bebes? No andábamos. No comíamos. No escribíamos. No cantábamos. No. Éramos aprendices de la vida.

Ahora, la sociedad se está haciendo cada vez más vieja. Y los mayores pierden muchas de las cosas que aprendieron durante su niñez y a lo largo del resto de sus vidas. Si miras a un niño, a uno perfectamente sano o a otro que tenga cáncer o ELA, verás que tiene su encerado mental limpio. Sonríe, juega. No piensa en el mañana, sólo piensa en el ahora. En divertirse. Disfrutar.
¿Qué diferencia al niño del viejo? El encerado. El Niño lo tiene limpio. No ha vivido vida. Y por eso su visión es la de un soñador. De hecho, todo el día está soñando. Al viejo le cuesta soñar. En general no mira al cielo. Mira a la muralla que tiene delante. Eso le ocurre también al paciente con ELA, pero de la forma más demoledora. Porque, en su caso, la muralla está más cerca aún que en el caso del resto de los mortales.

Por eso yo decido mirar para arriba. Mirar al cielo. Como dijo Oscar Wilde, “todos estamos en la cloaca, pero algunos estamos mirando a las estrellas”.

Cada mañana hago mis ejercicios. Viajo pero hacerlo me cuesta mucho más esfuerzo: necesito ayuda y mi estado físico, mis dificultades de movimiento inevitablemente llaman la atención. Pero ¿le importa a un niño que sus padres le lleven de la mano, que le tengan que alimentar?

Para nada. El niño tiene su encerado mental limpio. Sin embargo, los adultos, afectados por la ELA o no, tienen su encerado mental lleno de preconcepciones, de miedos. Y si sufres las consecuencias de una enfermedad como la mía, mucho más.
Por eso, cuando pienso en la vida y en la muerte, acepto las dos porque la muerte es el final de la vida y la vida es lo único que recibimos gratis en su momento. Tengo una amiga cuyo padre murió de ELA y con tristeza me cuenta que él tiro la toalla desde el principio. Ella no lo olvida.

Y conozco también a muchos familiares de personas que vivieron esta enfermedad peleando hasta el final. Y todos lo cuentan con orgullo. Yo apuesto por la vida. ¿Desaparecer voluntariamente? Yo eso no lo haría porque destrozaría mi familia para siempre. Esa es mi decisión: luchar, luchar hasta el final. Porque, como bien dijo Alessandro Pertini, político italiano, “a veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza.”